lunes, marzo 21

 
Céneca
Supongo que fue casualidad, pero siempre que me cruzaba con él tarareaba la misma canción, aquella de Sabina que a mí solía envolverme en aquella mezcla de nostalgia, sensualidad y primavera que sólo un maestro sabe cómo agitar en una misma coctelera.

La gente solía cambiar de acera cuando se cruzaba en su camino. Yo me hacía el encontradizo sólo por volver a oir los tristes acordes que arrancaba a esa destartalada guitarra mientras él, incombustiblemente, entonaba cantos a las salas de espera sin esperanza, a las pilas de los timbres que se secaron, a los helados de fresa de la venganza, a las empresas de mudanzas con los muebles del amor; a las campanas mudas en los campanarios, a las metas partidas por la mitad, a los besos de judas, a los calvarios, a los looks de presidiario, a las curas de humildad; a los cambios de acera de tu cadera, a las ganas de nada menos de tí, a los arrabales sin grillos en primavera, ni espaldas con cremallera, ni anillos de presumir...

Daba igual la estación del año en que se encontrara, el tiempo que hiciera o si era de día o de noche. Céneca, tal y como él mismo se hacía llamar, siempre lucía botas negras de goma, gabardina beige estampada con lamparones motivos cachemir, y una gorra escocesa coronada por borla color verde loro. Se rumoreaba que, en momentos de excitación extrema, Céneca solía estampar esa caricatura de sombrero contra el suelo y saltaba encima a la pata coja mientras escupía al viento y maldecía su mala suerte, a su puta madre y al padre que nunca conoció. No parecía sentirse especialmente orgulloso por esa faceta de su personalidad, ni por su peculiar foma de vestir, pero se decía a sí mismo que cada uno es como lo han parido. Y hasta ahí, siempre habíamos estado de acuerdo.

La verdad es que Céneca me dió pena desde el primer día que nos conocimos, cuando coincidimos en la puerta de la bodega un domingo por la mañana. Casi me arrolla, por suerte conseguí apartarme a tiempo. Parecía que estaba a punto de hacer una de sus demostraciones de mala leche, cuando decidió que ese no era un buen día para exibir.


Poco después, descubrí que el vino y las gabardinas con lamparones no eran las únicas pasiones que teníamos en común, la vida era otra de ellas. Céneca coleccionaba vidas ajenas, era una de sus inconfesables adicciones; yo tengo algunas más. Llevaba siempre a la espalda una mochila de pre-escolar, al estilo Lara Croft, en la que guardaba celosamente instantes que había comprado o robado a otros seres, a otras personas, en otras épocas y en otros instantes del presente o del pasado.

Hoy, por fín, he conseguido que me dejara ojear, como un favor especial, el álbum de vidas de su mochila a cambio de un bocadillo de mortadela. Así he descubierto que Natalia, la vecina del cuarto, se muere por saber si ese bulto en el pantalón, que se puede observar a través del espejo del ascensor por las mañanas, es mi movil o mi polla. Que López, el perro lazarillo de Raúl, está convencido de que soy imbécil, porque siempre le digo a su dueño "mira, tú..." cuando me lo encuentro y charlamos. Que mi mujer tiene un amante de los de esposas, mono de cuero negro, máscara con cremalleras de acero inoxidable y consolador con látigo... la verdad es que con tacones de aguja, tanga y medias negras, tal y como aparece en la foto, se ve mucho más joven.
Finalmente, he descubierto que soy yo quien le da pena a Céneca.

Comentarios:
La suerte es suerte aunque sea mala. La gente como Ceneca lo sabe y la guarda en su mochila, siempre es mas facil llevar la pena de otros.
Un beso y gracias por recordarme el mar.
 
Un beso, y gracias por recordarme que estoy vivo.
 
Descubrir un Céneca más, es toda una esperanza en forma de mochila. Maldito bendito que diría el autor de sus tarareos.
 
Coco, hace tiempo que te leo pero nunca me decidía a dejar un comentario.

ps: y es el móvil o no en tu bolsillo?
 
se me ha cortado el comentario en dos... bueno, en realidad sólo quería decir que me encanta tu blog y que conozco a un par de Cénecas que a veces me hacen la vida imposible...

Un beso.
 
La vida no sería lo mismo sin Cénecas, Lulu.
Beso.
PS: shhhhh, no se lo digas a nadie, pero aún no tengo móvil :)
 
Las gentes que trabajan en la calle coleccionan momentos, es verdad y las miradas fijas y directas que te dedican, las palabras raidas que te ofrecen, los gestos de pasión indiferente con los que te regalan son parte de sus tesoros interesados.
Cambian sencillos momentos por bocadillos de mortadela o por algún céntimo de euro o en su defecto por tabaco, que también les vale.
Y si yo no se mirarles en la mochila no es porque está sucia y huela mal (que es lo que digo) sino porque me da miedo abrirla e involucrarme en sus vidas.
Y es que soy un cobardica sin remedio.
 
Es bonito saber que, al fin y al cabo, nunca estamos totalmente solos.
Un beso.
 
Por fín llegué, Coco. Gracias por tu visita. He estado un rato leyendo tus post, y me gustan. A mí siempre me ha atraido la gran "sabiduria" que se encuentra en las mochilas de los muchos Cénecas que pululan por el mundo.
Un beso.
 
Bonjour, soycoco.blogspot.com!
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